Psicólogo especialista en trauma: cuándo y por qué acudir
No podemos cambiar lo que nos ha ocurrido en la vida, pero sí podemos modificar las huellas que esas experiencias han dejado en nosotros. Como dijo el doctor Gabor Maté: «Trauma no es aquello que te ha pasado. Trauma es lo que ha ocurrido dentro de ti como resultado de aquello que te ha pasado». Y eso último, la huella interna, es precisamente lo que se trabaja en una terapia especializada en trauma.
Un evento traumático es todo aquel que resulta inasumible por las estructuras cognitivas y emocionales de una persona en un momento vital determinado. Por eso no tiene sentido compararse con nadie: incluso nosotros mismos, si viviéramos ese mismo evento en otro momento de nuestra vida, probablemente la huella que dejaría sería diferente y quizá ni siquiera fuera traumática.
Los recursos de afrontamiento frente a este tipo de eventos no dependen solo de la persona que los vive, sino también de su entorno. Cuando vivimos un evento traumático en un contexto con recursos para sostenernos, con un espacio seguro donde reponernos del golpe, la recuperación suele ser más sencilla y rápida. Además, un evento traumático puede ser un único suceso (lo que se conoce como trauma simple) o una acumulación de eventos que se repiten a lo largo del tiempo (trauma complejo).
¿Cómo saber cuándo acudir a un psicólogo especialista en trauma?
Hay síntomas que suelen funcionar como señales de alarma de que existe un trauma latente que no se ha conseguido procesar de forma adecuada. Si te reconoces en varios de ellos, merece la pena buscar una valoración profesional.
Flashbacks o recuerdos intrusivos
Este síntoma es muy frecuente y puede manifestarse de distintas formas: a veces como imágenes, otras como sensaciones corporales desagradables. Lo que siempre tienen en común es que aparecen de forma involuntaria, no se pueden manejar a voluntad y provocan que la persona sienta que está reviviendo el evento de nuevo. No es simplemente «recordar»: es una experiencia que se vive en presente, con toda su carga emocional y física.
Pesadillas o dificultad para dormir
En muchas ocasiones, los eventos traumáticos tratan de procesarse durante el sueño. De forma natural, en la fase REM del sueño se produce una estimulación bilateral que facilita el procesamiento de la información emocional. De hecho, el EMDR, actualmente uno de los tratamientos más efectivos para el trauma, se basa precisamente en reproducir ese tipo de estimulación (visual, auditiva o táctil) en un contexto terapéutico.
Cuando la carga emocional del material traumático es demasiado intensa, el cerebro no consigue completar ese procesamiento durante el sueño, lo que provoca pesadillas recurrentes, despertares bruscos y dificultad para mantener un descanso reparador.
Sensación de hipervigilancia
La hipervigilancia es una de las experiencias más agotadoras del trauma: supone que no hay un momento de paz. El sistema nervioso está activado permanentemente en modo alerta, tratando de prevenir y protegerse de cualquier peligro potencial.
Para entenderlo con un ejemplo: imagina que vas a cruzar un paso de cebra y de repente aparece un coche que te da un gran susto e incluso te hace daño. Es inevitable que las próximas veces tu mente, cada vez que se acerque a un paso de cebra, esté en alerta esperando que pueda aparecer otro coche. Miras una y otra vez a todos los lados, tratando de prevenir el peligro. Ahora imagina vivir así con todo, a todas horas. Ese es el desgaste de la hipervigilancia.
Evitación experiencial y emocional
Como mecanismo de protección, la persona empieza a evitar todo tipo de situaciones, lugares o personas que le recuerden de alguna manera a aquello que vivió y que fue tan doloroso. A corto plazo la evitación alivia, pero a largo plazo mantiene el problema y va reduciendo cada vez más el espacio vital de la persona.
Disociación o síntomas disociativos
Existen muchos tipos de síntomas relacionados con la disociación: amnesia disociativa, despersonalización (sentirse desconectado de uno mismo), desrealización (sentir que el entorno no es real), confusión de identidad o alteración de identidad. Son señales de que el sistema nervioso ha encontrado en la desconexión una forma de protegerse frente a una experiencia que no pudo integrar.
Síntomas emocionales intensos y descontextualizados
En muchas ocasiones aparecen emociones muy intensas y difíciles de regular: irritabilidad, culpa, vergüenza, ansiedad o tristeza profunda que surgen sin previo aviso. A veces de forma puntual y descontextualizada, y otras de manera constante, como una carga de la que la persona no consigue liberarse en ningún momento.
¿Por qué acudir a un especialista en trauma y no a psicoterapia convencional?
La especialización importa, y mucho. Un profesional formado específicamente en trauma no solo conoce en profundidad cómo funciona el trauma y el sistema nervioso, sino que además maneja técnicas diseñadas específicamente para abordar las emociones traumáticas y las huellas que dejan en el cuerpo y en la mente.
En un abordaje especializado como la terapia EMDR, el trabajo se centra en varios ejes fundamentales:
Reprocesamiento seguro de los eventos traumáticos
Se trabaja directamente sobre los eventos que están en la raíz del malestar actual, reprocesándolos de forma segura y controlada. Esto permite obtener beneficios a largo plazo que con otras terapias suele ser más difícil alcanzar, ya que se interviene sobre el origen del problema, no solo sobre los síntomas.
Regulación del sistema nervioso
Después de un evento traumático o de un trauma complejo, el sistema nervioso suele quedar en un estado de hiperactivación crónica. Es necesario detectar ese estado y trabajar sobre él para que la persona pueda volver a experimentar una sensación real de calma y seguridad.
Fortalecimiento de la identidad y la resiliencia
En muchas ocasiones el trauma sucede en etapas tan tempranas que la persona no ha llegado a construir una identidad propia más allá del trauma. Parte del tratamiento consiste en ayudar a generar una identidad personal separada de los eventos traumáticos y de los síntomas que estos han dejado.
Reparación de patrones de apego
Cuando ha habido trauma vincular, los patrones con los que la persona se relaciona con los demás pueden no ser saludables e incluso exponerla a experiencias que la retraumaticen. Trabajar sobre esos patrones es necesario para que los vínculos se vuelvan más seguros y protectores.
Ampliación de la ventana de tolerancia emocional
Haber vivido experiencias traumáticas puede hacer que la ventana de tolerancia emocional sea muy estrecha, de modo que casi cualquier evento cotidiano pueda provocar un desbordamiento o un episodio disociativo. Trabajar en la regulación emocional y en técnicas que permitan ir ampliando esa ventana de forma gradual es una parte esencial del proceso.
Prevención de recaídas
Además del trabajo en sesión, es importante dotar a la persona de herramientas que le permitan seguir avanzando más allá del proceso de terapia, de modo que pueda sostener los cambios logrados y gestionar posibles dificultades futuras con autonomía.
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