Trauma infantil en adultos: cómo nos afecta y cómo sanarlo
En muchas ocasiones, lo que nos encontramos en consulta son adultos con una gran cantidad de síntomas diversos para los cuales no encuentran una situación presente que pueda explicar lo que está sucediendo. Ansiedad que no tiene un detonante claro, relaciones que siempre terminan del mismo modo, una autocrítica que no da tregua, reacciones emocionales desproporcionadas ante situaciones cotidianas.
La razón, en muchos de estos casos, hay que buscarla años atrás. El trauma se ha producido en etapas tempranas del desarrollo, como la infancia o la adolescencia, y lleva tanto tiempo sin ser procesado que muchas veces incluso ha sido «olvidado». La persona no es consciente de que esas experiencias pueden estar en la base de lo que le está pasando en el presente.
¿Cómo afecta el trauma infantil en la edad adulta?
Cuando nos sucede un evento traumático a una edad temprana, suele generar un fuerte impacto a nivel cerebral que afecta al desarrollo de la persona y a la forma en que se relaciona consigo misma y con el mundo. Ese impacto se manifiesta en áreas muy distintas, y es precisamente esa diversidad de síntomas lo que a menudo dificulta identificar el trauma como origen.
A nivel emocional
Esta es una de las áreas donde las secuelas resultan más difíciles de conectar con su origen, ya que en sesión muchas personas no saben por qué reaccionan como reaccionan ante ciertos acontecimientos.
Entre las respuestas emocionales más frecuentes se encuentran la desregulación emocional (la sensación de que muchas situaciones cotidianas desbordan emocionalmente y son difíciles de gestionar) o, en el extremo opuesto, la disociación o anestesia emocional (la sensación de no sentir nada, ni agradable ni desagradable).
También son habituales los miedos muy intensos al abandono, al rechazo o a la traición, que afectan directamente a cómo la persona se relaciona con los demás, ya sea en pareja, en amistades o en familia. Y, por último, una sensación de vergüenza o culpa muy intensa, ligada con frecuencia a creencias limitantes como «hay algo malo en mí», «no soy capaz» o «no soy suficiente».
A nivel cognitivo
El trauma genera creencias sobre uno mismo y sobre los demás que acaban funcionando como una guía con la que interpretamos la realidad. Si después de un evento traumático lo que queda grabado en la mente es la creencia de que «no soy capaz», cada vez que la persona quiera afrontar un nuevo reto es probable que esa creencia suponga un freno importante.
En muchas ocasiones, estas creencias se consolidan como partes internas con discursos muy limitantes. Una de las más comunes es lo que en terapia solemos llamar el crítico interno, pero también es frecuente una parte ligada a la exigencia o el perfeccionismo.
Otro punto relevante es el pensamiento anticipatorio catastrófico. Al haber vivido un evento destructivo, la mente entra en un estado de protección en el que está hipervigilante frente a cualquier potencial peligro. Esto hace que a veces nos proteja, pero en muchas otras nos limite, ya que no existía un peligro real aunque lo haya interpretado como tal. El desgaste de estar anticipando constantemente situaciones que en su gran mayoría nunca llegarán a suceder es enorme.
A nivel del sistema nervioso
Los eventos traumáticos se caracterizan, entre otras cosas, por sacarnos emocionalmente de la ventana de tolerancia: nos llevan a estados de lucha o huida (hiperactivación) o de disociación y bloqueo (hipoactivación), en los que el sistema nervioso queda alterado.
Cuando este patrón se repite o se cronifica, el sistema nervioso puede quedar calibrado en un estado de alerta permanente. Esto también puede provocar síntomas muy frecuentes como el insomnio, las pesadillas recurrentes y la dificultad para descansar de forma reparadora.
A nivel somático
En muchos casos, las personas que cargan con trauma infantil sin procesar presentan dolencias corporales persistentes: tensiones musculares crónicas, problemas gastrointestinales, migrañas sin una causa física que las explique, o problemas como la fibromialgia o la fatiga crónica, entre otros. El cuerpo guarda lo que la mente no ha podido elaborar, y esas señales físicas son a menudo la forma en que el trauma se hace visible cuando a nivel consciente ha quedado «olvidado».
A nivel relacional
El impacto de un evento traumático genera creencias que no solo se refieren a uno mismo, sino también a los demás y a los vínculos, especialmente cuando ha habido lo que se conoce como trauma vincular.
Por ejemplo, las personas que han desarrollado un estilo de apego evitativo, a menudo debido a un trauma infantil de abandono, pueden generar creencias del tipo «no necesito a nadie» o «yo puedo con todo solo». En cambio, las personas con un estilo de apego más ansioso suelen desarrollar creencias también limitantes pero muy diferentes: «no puedo solo», «si no tengo a alguien no soy capaz».
Otro punto clave que se observa con frecuencia es la dificultad para poner límites, con creencias como «se enfadará conmigo» o «me va a dejar de querer», lo que lleva a adoptar roles mucho más sumisos y complacientes en las relaciones.
Como puede verse, la implicación del trauma infantil en la vida adulta puede ser muy profunda. Por eso es importante abordarlo: va a ser la única forma de cambiar patrones que, sin intervención, tienden a repetirse.
¿Cómo puedo sanar un trauma de la infancia siendo ya adulto?
Sanar un trauma infantil es posible, pero requiere un proceso estructurado y, en la mayoría de los casos, acompañamiento profesional especializado. Estas son las vías más efectivas para trabajarlo.
1. Buscar apoyo profesional especializado en trauma
La terapia es el espacio seguro donde poder abordar y sanar estas heridas, pero no vale cualquier enfoque ni cualquier profesional. Es necesario buscar a alguien especializado en el abordaje del trauma. Existen varios enfoques terapéuticos con evidencia y experiencia en este ámbito, como el EMDR (desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares), el modelo IFS (sistemas de familia interna), el modelo PARCUVE, la terapia somática o enfoques integradores que combinan varias de estas herramientas.
Lo fundamental es que el profesional tenga formación específica y experiencia en trauma, porque el trabajo con heridas tempranas requiere un encuadre, un ritmo y unas herramientas muy concretas.
2. Regular el sistema nervioso y ampliar la ventana de tolerancia
Gran parte del trabajo con trauma pasa por aprender a regular el sistema nervioso, que suele estar calibrado en modo alerta. Para ello son útiles las estrategias de regulación emocional, desde la identificación de las propias emociones y sensaciones a nivel cognitivo y corporal, hasta la práctica de mindfulness, meditación y actividad física, especialmente disciplinas que favorezcan la conexión con el cuerpo y la conciencia corporal, como el yoga.
El objetivo no es «no sentir», sino ampliar el rango de emociones e intensidades que puedes sostener sin que tu sistema se desborde o se desconecte.
3. Trabajar la autocompasión
En muchos casos, el trauma infantil genera una parte interna perfeccionista y muy crítica que hace que la banda sonora mental sea un comentario constante, desagradable y despectivo hacia uno mismo. Trabajar la autocompasión no significa renunciar a tener objetivos, metas o aspiraciones de mejora. Significa desarrollar una voz interna más amable, más tranquila y más constructiva, que permita el crecimiento sin autoagresión y que favorezca una autoestima más saludable.
4. Practicar la presencia y el anclaje al presente
La hipervigilancia y el trauma hacen que la mente esté saltando constantemente entre el pasado y el futuro, sin conseguir estar presente. Además de la meditación y el mindfulness, las técnicas de grounding (anclaje al presente) pueden ayudar a tomar tierra y recuperar la conciencia del momento actual: notar el contacto de los pies con el suelo, describir el entorno, atender a la respiración. Son herramientas sencillas, pero cuando se practican de forma consistente tienen un efecto real sobre la regulación del sistema nervioso.
¿Cuándo pedir ayuda profesional?
No siempre es fácil saber si lo que te pasa tiene su raíz en un trauma infantil. Pero hay algunas señales que suelen indicar que merece la pena explorarlo con un profesional:
- Reacciones emocionales desproporcionadas ante situaciones cotidianas que no logras explicar.
- Patrones que se repiten en tus relaciones (siempre eliges el mismo perfil, siempre acabas igual).
- Dificultad crónica para poner límites o para sostenerlos sin culpa.
- Autocrítica muy intensa y constante que no cede con el tiempo.
- Síntomas físicos recurrentes sin causa médica clara.
- Sensación persistente de vacío, desconexión o de que «falta algo».
- Insomnio, pesadillas o dificultad para descansar de forma reparadora.
- Miedo intenso al abandono, al rechazo o a la traición que condiciona tus relaciones.
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